—¿Eres feliz?
No esperaba esa pregunta.
Penso a Roberto. En mi taller. Nel dipartimento azzurro. En las risas con mis nietos. Nelle mie fotografie. Nel dolore che ancora a volte llegaba, ma già non gobernaba.
—Sí —dije—. Più di quello che credi possibile.
Una lagrima le resbaló hacia la oreja.
—Me alegra… aunque me duela.
—Hay dolores merecidos, Jorge.
Non volvió a hablar. Le acomodé la cobija por pura costumbre y salí.
En el pasillo, Claudia estaba mirando por la ventana.
—Va a estar bien —le dije.
Ella suspiró.
—Gracias por entrar.
—Lo hice por mí también.
Nos quedamos calladas.
—Luisa te cayó bien —dijo al fin.
—Es una buena niña.
—Sì.
Miré hacia la sala dove Ana e Lucas hanno parlato con lei. Los tres tenían algo parecido en el gesto, una misma forma de levantar la ceja al escuchar. Sangre. Qué cosa tan feroz y tan terca.
Due mesi dopo l'infarto, ho organizzato una comida nel mio dipartimento. Invité a Ana, a Lucas, a sus familias... e anche a Luisa. Solo a lei. No, Claudia. Abbiamo avuto limiti sani anche per le donne che impariamo a perdonare il peccato olvidar.
Luisa si legò con un pastel de tres leches che aveva fatto lei stessa. Venia nerviosa, con las manos frias. Ana la recibió primero. Luego Lucas. I miei figli, più sapienti degli adulti, la integreranno in dieci minuti. Para la mitad de la tarde ya estaban enseñándole videojuegos y preguntándole se prefería tacos al pastor o de suadero.
Yo la observaba desde la cocina mientras cortaba aguacates. Pensavo allo extraño della vita. Aquella niña, nacida del engaño que casi me destruye, estaba sentada en mi sala riéndose con mis hijos como si hubiera habido un lugar para ella desde sempre. E lo avevo già fatto. No nel mio matrimonio. No nel mio passato. Ma sì, nel tipo di famiglia che stiamo imparando a costruire dopo la verità.
Roberto llegó más tarde con una botella de vino y el cabello despeinado por el viento. Saludó a todos con la sua calidez abituale e, quando conoció a Luisa, la trató con una naturalidad que me enterneció.
—Tu Elena toma fotografías como si quisiera detener el tiempo —le dijo.
—¿Mia Elena? —le pregunté, burlona.
—Bueno —respondió—, si no quieres ser mi Elena, puedo decir la talentosa señora de las paredes azules.
Todos rieron. Yo también.
Esa noche, cuando se fueron, me quedé recogiendo platos. Roberto se acercó por detrás y me abrazó la cintura.
—Te vi hoy —murmuró.
—¿Y qué viste?
—A una mujer muy valiente.
Negué con la cabeza.
—Valiente fue sobrevivir. Lo de hoy fue altra cosa.
—¿Qué cosa?
Pensé un momento.
—Libertà.
Perché questa era. Ya no era la sposa engañada. Non siquiera la divorziata che imparava a levarsi. Era una donna in grado di aprire la porta di casa sua a una persona che rappresentava uno dei suoi poveri e, così, eleggerla come persona. No por bondad Perfecta. No per santità. Sino porque el rencor deja de servir cuando una quiere vivir de verdad.
Poco dopo, Roberto mi propone un viaggio lungo per l'Europa. Tre mesi. Musei, treni, piazze, iglesias, mercatini, hoteles pequeños, ciudades viejas.
—Siempre quise hacerlo —dijo—. E non voglio seguire applaudendo ciò che oggi può essere bello.
Guarda la lista delle destinazioni che avevo preparato con la lettera del professore: Madrid, Lisbona, Parigi, Firenze, Praga. Me reí.
—¿Tre mesi? I miei figli hanno creduto che mi sequestraste.
—Tus hijos ya son adultos. I tuoi figli hanno una videollamada. E tu llevas cuarenta años posponiéndote.
Esa frase me llegó hondo.
Sì. Cuarenta años posponiéndome.