Ahora sí lloré de tristeza.
Lore per me. Per la donna che fui. Per la fiducia che avevo ricevuto come se accettassi un'eredità. Per le volte che ho difeso Jorge ante mis hijos, ante las amigas, ante mis propias sospechas. Lloré por las cenas recalentadas, por las llamadas sin respuesta, por los viajes de trabajo que yo convertía in sacrificio amoroso mientras él los convertía en coartada.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que escuché la puerta.
Sus pasos.
Su voz.
—¿Elena?
Non rispondere.
Entró al cuarto y se detuvo.
Yo estaba en el suelo, rodeada de su ropa, de las fotos, de los papeles, con la caja abierta frente a me.
Se le fue el color de la cara.
—Entonces ya viste todo —dijo.
—Sí —rispondi—. Ya vi tu verdadera vida.
Quiso acercarse. Levanté una mano.
—Ni se te ocurra.
Se quedó quieto.
—No era así como quería que te enteraras.
—Ésa es la peor parte de las mentiras largas, Jorge. Credo sempre che oggi tu abbia il diritto di scegliere il momento della verità.
El se dejó caer en la orilla de la cama. De pronto se veía viejo. No el viejo digno de los sesenta, sino el hombre desgastado por sus propias trampas.
—Nunca quise lastimarte.
Lo miré e per la prima volta in quaarenta anni non sentivo la necessità di proteggerlo da sé.
—¿Nunca quisiste lastimarme? Llevas quince años viviendo con otra mujer. Tienes otra hija. Le diste mi apellido. Dejaste que en tu oficina la llamaran señora Monteiro mentre me ne stavo a casa credendo che il tuo cansancio fosse trabajo. Non mi insulta con questa frase.
Se llevo las manos a la cara.