—Lo voy a matar —dijo.
—No —rispondi—. Lo que hizo ya è una frase sufficiente.
—¿Desde cuándo sabías?
—Da ieri.
—¿Y él? ¿Qué dijo?
—Que lo siente. Que iba a contármelo. Non volevo ultimarmi. Tutte queste cose dicono los cobardes quando già non puoi evitare la basura.
Ana se acercó e me tomó la mano.
—Mamá… ¿y tú?
Esa pregunta me atravesó. Perché fin qui tutti hanno parlato di Jorge, dell'altra donna, dell'altra figlia, dello scandalo, della tradizione. Ma quasi nessuna domanda è stata rivolta alla donna tradita. A ella se le supone resistencia.
—No sé —contesté con onestà—. Sono enojada. Sono umiliato. Questo è il turno. Y, sin embargo, estoy aquí.
Lucas dejó de caminar.
—¿Qué vas a hacer?
—Divorziare.
No lo dudé al decirlo. Talvolta perché già lo avevo deciso in un luogo più profondo della ragione. Il luogo in cui una donna finalmente se lo sceglie.
Los días siguientes fueron de trámites y cenizas. Apri un conto bancario proprio. Stati riveduti del rapporto con Ana. Descubrimos transferencias, depósitos, gastos fijos destinados al otro dipartimento. L'altra vita non esisteva solo: era stata amministrata con precisione di contatore e pazienza di parassiti.
Jorge Lamaba. Yo no contestaba.
Hasta que una mañana lo hice.
—Necesitamos hablar—dijo.
—No tenemos nada de qué hablar.
-Hay cosas que mereces saber.
Lo ho pensato uno dopo l'altro. Oírlo me enfermaba, ma lo sconosciuto può anche convertirsi in una prigione.
—Una ora —rispondi—. Nel caffè della libreria.
Llegué antes. Quería verlo entrar. Quería mirarlo sin que me viera primero. Vorrei sapere se l'uomo che si sente davanti a me sarebbe il mio exmarido o l'attore principale di una mente demasiado larga.
Entró encorvado, con ojeras, el nudo de la corbata mal hecho. Se sentì in silenzio. Io non ti ho offerto niente di più della mia presenza.
—Empieza —dije.
Jorge sostuvo la taza con ambas manos, come se il café potesse darle calor a un alma que se le había enfriado hacía mucho.
Ho raccontato di aver conosciuto Claudia durante un viaggio di affari a Guadalajara. Que al principio fue una avventura. Que cuando ella quedó embarazada quiso decírmelo, ma no tuvo valor. Que Claudia accettò di crescere la niña con apoyo económico. Que luego se fueron accercando. Che non potevo dejarme. Quel tampone potrebbe dejarlas a ellas. Que una mentira jaló a la otra. Que los años se acomodaron solos alrededor del engaño.
Lo escuché sin interrumpir. Non perché lo mereciera, bensì perché volevo vedere fin da dove aveva avuto la possibilità di narrarsi come vittima delle sue proprie decisioni.
—¿Y in ningún momento hai pensato che merecía saberlo? —pregunté al final.
—Muchas veces —respondió—. Ma ogni volta immaginavo il tuo dolore, la reazione dei bambini...
—No me usa como pretexto para tu cobardía. No me callaste para protegerme. Me callaste para seguir teniéndolo todo.
Bajó la cabeza.
—Sì.
Esa sílaba me confirmó algo que yo ya sabía: la verdad, cuando llega tarde, no cura. Solo ordina el asco.
—La niña se llama Luisa —dijo después.
No sé por qué me dolió tanto escuchar su nombre. Talvolta ha trasformato l'astrazione in persona. Ya no era “la otra hija”. Era una muchacha concreta, con cumpleaños, con cuadernos escolares, con antojos, con miedo, con una vida entera construida a la sombra de mi ignorancia.
—¿Ella sabe de mí?
—Sabe que estoy casado. Non conosco tutti i dettagli.
—Claro —rispose—. A cada mujer le diste media verdad y la obligaste a vivir con lo que faltaba.
Se quedó callado.
—Ya inicié el divorcio —dije.
El sonido de la cucharita contra la taza se detuvo.
—Elena…
—No. Se acabó.
—Podemos arreglarlo.
Lo miré con una calma che mi ha sorpreso.
—Hay cosas que no se arreglan. Se entierran.
Me levanté y tomé mi bolsa.
—Yo te amba —dijo.
Sin voltear, respondí:
—Anche io. E mira a quello che hai fatto con questo.
Una settimana dopo, ho ricevuto una chiamata da un numero sconosciuto.
—¿Elena Monteiro? —preguntó una voz de mujer.