Llegó el segundo día y nadie llamó.
Llegó el tercero y el cuarto y el quinto, e l'unica gente che mi tocaba era la que cobraba por hacerlo.
Le infermiere mi hanno dato la possibilità di ritrovarmi con una delicatezza che non speravo di incontrare in un ospedale pubblico. Me cambiaban la bata, me limpiaban la herida, me acercaban el vaso con popote, me hablaban bajito cuando el dolor me agarraba por dentro como si me estuvieran serruchando otra vez. Cada que se apri la puerta, yo giraba el cuello con una speranza tonta, volgare, de madre vieja. Ogni volta era una camillera, una auxiliar, una muchacha con gelatina de dieta, un interno, un doctor. Nunca uno de mis hijos.
Sì, per una donna come me, dovrei fare di più del pesce aperto.
Perché io non sono stata una madre del sedile o della scala in mano. Yo fui viuda joven. Me quedé con una ferretería, cinco chamacos y el mundo empujándome a la espalda. Mi marido murió quando Gustavo todavía se hacía pipí en la cama. A la semana de enterrarlo, ya estaba yo detrás del mostrador de El Tornillo con el delantal amarrado, aprendiendo a vender varilla, tuercas, pintura, silicón, lámina y clavos al menudeo sin darme el lujo de desmoronarme. A mí la vida no me dejó hacer duelo acostada. Me aventó una caja registradora, deudas, proveedores y cinco bocas abiertas a la misma hora del desayuno.
Así los saqué adelante.
A Ernesto le pagué la universidad vendiendo el lote de herramientas finas que mi marido guardaba como tesoro. A Carmela le amueblé la casa quando se caso con ese hombre de apellido rimbombante che nunca supo sostenerla como ella presumía. A Julián le cubrí tres quiebras distintas perché sempre giura che ora si iba a despegar su negocio. A Silvia le di el enganche de su casa para que dejara de vivir rentando y pudiera invitar a sus amistades sin pena. Y a Gustavo, ay, a Gustavo le pagué abogados, choques, deudas, tarjetas, caprichos y silencios.
Todo salió de mis manos.
De mis unas quebradas.
De mi espalda.
De mis madrugadas.
De mis domingos sin descanso.
Così, quando passarono dieci giorni e io seguii solo, capii che non era una casualità. Era una decisione.
L'epifanía non mi cayó encima como rayo. Me fue masticando despacio. La vi en los pasillos dell'ala de cardiología quando mi obbligai a levantarmi per camminare. Iba yo arrastrando los pies, abrazando contra el pecho una almohadita en forma de corazón para amortiguar cualquier tos, cualquier estornudo, cualquier punzada. Y al pasar frente a otras habitaciones vi lo que una mujer no quiere ver cuando está abbandonada: hijos dormidos en sillas incómodas, nueras peinando a sus suegras, nietos dibujando para sus abuelos, maridos haciendo guardia con un café frío en la mano. Vi ternura. Vi obbligo compiuto. Vi amor, anche se fuera pequeño y torpe.
Y luego me vi a mí reflejada en un vidrio: bata abierta por atrás, pantuflas de Hospital, cabello aplastado, la espalda encorvada y nadie a mi lado.
El día doce fue el verdadero quiebre.
La cella di turno se chiama Lidia. Tendría treinta y tantos, tal vez menos, ma nei suoi occhi avevabía esa compasión cansada de la gente que ya vio demasiadas miserias. Mi ha aiutato a baciarmi con la risposta perché oggi non potevo levarmi bien los brazos. Tenevo le mani delle tibie e la cura esatta per non farmi sentire un trapo. Mentre asciugavo la spalla davanti allo specchio del bagno piccolo, mi chiedevo con voce molto bassa:
—Señora Hortensia, disculpe que me meta... ¿usted tiene familia?
Fue como si me hubieran clavado otra vez el bisturí, ma ora en el orgullo.
El jabón se me resbaló de las manos y cayó con un golpe opaco. Sentí que la vergüenza me subía desde los pies hasta la cara. Yo, che avevo sostenuto una ferretería entera entre hombres gritones, albañiles borrachos, proveedores abusivos y clientes morosos, estaba ahí, casi llorando perché una muchacha extraña avevabía notato lo evidente: que llevaba casi dos semanas sola.
Quise decir la verdad. Quise soltarla de golpe. Tengo cinco hijos. Cinco. Cinco pedazos de mi carne. Cinco nombres que me rompieron la espalda y ahora me dejaron tirada como costal de escombro. Quise decirlo. Ma l'organo ancora mi serviva della colonna vertebrale.
—Tengo cinco —contesté mirándome a mí misma en el espejo—. Ma son gente muy ocupada. Yo les pedí que no vinieran. No me gustan los alborotos.