El golpe lo dejó sin habla.
A Lucía le dio un ataque de llanto.
—¿Y a dónde vamos a ir?
Respira hondo. Saqué un sobre. Lo puse sobre el escritorio.
—Aquí hay dos mil pesos. Alcanzan para dos noches en un motel decente. Non è lusso, ma tiene cama y baño. Dopo di ciò, se las arreglan. Come fare gli adulti.
Roberto agarrò el sobre. Con rabbia, sì. Ma lo agarrò. Perché l'orgullo se traga rápido cuando ya no hay colchón, aire acondicionado ni tarjeta ajena.
—Te vas a morir sola —me escupió antes de salir—. Sola y podrida en dinero.
—Mejor sola que mal acompañada —respondí—. Non preoccuparti del denaro. Haré lo posible por gastármelo todo en vinos y viajes antes de morirme. Non vaya a ser que te quede algo.
Salieron.
La puerta se cerró.
E ho capito qualcosa che mi ha cambiato la vita: a volte l'atto più amoroso non è aprire le braccia, ma chiudere la porta.
Los primeros días fueron extraños. El dipartamento, ya recuperado, era un esqueleto amarillo y luminoso. Sì, amaro. Siempre quise una sala amarilla, ma a Roberto “le parecía corriente”. Così ho dovuto dipingere le pareti di un color arancio canario che sembrava sol nuovo. Compré muebles de madera rústica, pesados, onestos. Cambié el inodoro por uno nuevo, alto, funcional. Riempi la cucina otra volta.
Y luego me aburrí.
Así que volví a cocinar.
Non aprire un ristorante; ya no tengo edad para esclavizarme por gusto. Apri qualcosa di meglio: La Caja de Francisca , un servizio di comidas caseras su abbonamento per oficinas y negocios del barrio. Solo cinque porzioni al giorno. Ni una más. Lista di speranza in due settimane. Don Anselmo, el de la mudanza, se convirtió en mi repartidor principal. Ogni giorno veniva da las hieleras come si riconosceva oro.
La mia casa dejó de oler a tensión.
Ahora olía a café de olla, romero, pan recién horneado, masa batida, cera para muebles y libertad.