Ai tre e al quarto della madrugada, il grito di Roberto mi causò incima come una cubeta di agua helada.
—¡Por Dios, Francisca! —rugió desde el pasillo, con la voz rebotando en las paredes—. ¡Vieja inútil! ¿Es que no sabes ni use el baño? ¡Apesta toda la casa!
Me quedé pietrificato frente al inodoro, con la mano todavía sobre la palanca floja que él mismo llevaba tres semanas prometiendo arreglar. La luce bianca del fuoco mi ha lasciato gli occhi. Lo specchio del bagno ha devolvía un'immagine che mi ha fatto più dell'ardore del mio estómago: una anciana de cabello gris revuelto, camisón arrugado, hombros vencidos y labios temblando como si la hubieran atrapado robando en su propia casa.
Mi propria casa.
Lo repito così, spazientito, perché esa fue la parte che mai aveva capito.
Soia Francisca Morales. Tengo sesenta y ocho años. Mis manos han cucinato per bodas, funerales, bautizos, huelgas, campañas políticas y para medio barrio quando il dinero non alcanzaba. Durante cuarenta años levant con sudor un restaurante pequeño, La Olla de Cobre , nel centro de la ciudad. Vi crecer a generaciones enteras entre cazuelas de mole, ollas de frijoles, arroz rojo y tortillas infladas al momento. Imparai a distinguere gli uomini per come trattavano la gente che le serviva e le donne per come sostenevano la casa quando tutto veniva giù.
Y aun así, esa madrugada, frente a un baño con olor a cloro viejo y vergüenza, me sentí menos que nada.