—Roberto, la palanca no sirve bien —alcancé a decir, con el vientre todavía retorcido y la dignidad colgando de un hilo—. Ehi, intendi...
—¡Siempre intentas! —me corto, tapándose la nariz con dos dedos, como si yo fuera un animale muerto—. Hai sempre delle scuse. Hueles a podredumbre, Francisca. Cierra esa puerta, echa desodorante y deja dormir a la gente decente.
La gente perbene.
Sus palabras no entraron en mis oídos: se me clavaron en el pecho. Y lo peor no fue él. Lo peor fue el silencio que vino después.
Dietro la porta della recámara principale estaba Lucía, mi hija. Mi unica hija. La niña por la que trabajé dobles turns cuando enviudé a los cuarenta. La muchacha a la que le pagué la universidad Friendo empanadas, vendendo tamales e negoziando con fornitori che olían la debilidad de una viuda como los perros huelen la sangre. Lucía, que sempre tuvo el sueño ligero, no salió. Non dijo “bájale a tu voz”. Non dire "è mia madre". No dijo nada.
Y entendí.
Ho capito che non ero una madre in quella casa. Era una carica con pantaloni.
Roberto dio media vuelta y azotó la puerta de su cuarto. Los cuadros del pasillo temblaron. Cuadros que yo compré. Paredes que yo mandé pintar. Piano che ti pago. Rimanere alcuni secondi immobili, respirando l'odore misto di umidità, vergüenza e ambiente barato. Luego cerré la tapa del baño, abrí la llave, mojé una jerga y me puse a limpiar.
No porque él me lo ordenara.
Perché io non sono una donna sucia.
Restregué el piso a las tres y media de la mañana con una furia così silenziosa che fino al mango del trapeador parecía tener miedo. Tallé la porcelana hasta que me dolieron los nudillos. Tiré cloro. Apri la finestra. Polvericé el aerosol de lavanda que Lucía compraba para aparentar casa fina. E mentre lo faceva, i miei pensieri si impegnavano a ordinarsi con la precisione di una ricetta antica.