Cuarenta minutos dopo suonarono il timbro.
Don Anselmo llegó con tres muchachos robustos y cara de gente trabajadora. Mi ha abbracciato con esa onestà che solo tienen los hombres que aún saben agradecer un plato de comida.
—¿Qué pasó, doña?
—Pasó que una ya se cansó de ser alfombra —respondí—. Pasen.
Los muchachos empezaron a cargar. Il divano salì per primo. Luego la mesa. Luego il frigorifero. Los vecinos se asomaron. Doña Gertrudis, la chismosa del 402, apparve con los tubos puestos.
—¿Se muda, vecina?
Sostuve la puerta mentre sacaban la alacena.
—No, Gertrudis. Solo estoy haciendo limpieza profunda. Ya ve que a volte se junta demasiada basura moral y una tiene que ventilar.
A las once de la mañana il dipartimento era un eco. Quedaron el fregadero empotrado, la estufa dell'edificio, dos sillas de plastic que ellos habían traído, un colchón viejo y sus montones de ropa. Niente di più. El sol entraba sin cortinas, illuminando el polvo suspendido. Il luogo è più grande. Più digno. Como si por fin pudiera respirarer.
Entonces fui al baño.
El mismo baño donde horas antes me habían hecho sentir basura.
Saqué un marcador negro grueso y scribí, sobre la tapa del inodoro, con letras firmes:
"Aquí tienen el único trono que se merecen. Úsenlo con salud."
Dopo essermi recato all'immobiliaria dell'edificio, ho confermato la mia condizione di proprietà e ho ricevuto istruzioni chiare: cambiare la chiusura, restringir l'accesso si era necessario e rimettere qualsiasi incidente al mio abogado. Luego subí al camión con Don Anselmo e me fui un hotel.
La habitación 405 del Plaza Real olía a sábanas limpias y aire acondicionado caro. Lascia la borsa sopra la borsa, chiudi la cartella di cuoio con i miei documenti ed estendi i fogli. Escriture. Stati del conto. Recibos. Tutto in regola. Tutto nel mio nome.
Mi serve acqua minerale e mire il mio riflesso sullo specchio.
Ya no vi a la anciana humillada del baño.