La mia matrigna mi ha gettata nella neve per cancellarmi dal mondo, ma tra il ferro arrugginito ho trovato un manifesto di una ragazza scomparsa con il mio stesso volto... e quella carta accartocciata ha aperto la porta all'abbraccio che mi ha ridato la vita...

Ho sentito una cosa extra. Nessuna allegria. Non oggi. Más bien vertigo.

Busqué entre la basura un trozo de espejo roto. Al inclinarlo hacia la luz, vi mi cara sucia, demacrada, con los labios partidos y las ojeras moradas. Ma vi abbiamo anche visto i mistici occhi del cartello. Las mismas cejas. La misma forma de la frente.

Abajo, en letras grandes, estaba el número telefónico. E una ricompensa che per me non significa niente. El dinero era una idea lejana. Io solo ho capito un'altra cosa: se la verità era esa niña, avevo qualcuno che cercava. Qualcuno che tal volta non mi golperebbe per toccare un'olla. Alguien que quizá, solo quizá, me daría sopa sin insultos.

Rebusqué nel sacchetto nascosto del mio pantalón. Ahí guardaba mi tesoro más importante: una moneda de un peso, sucia, gastada, que me habían dado unas semanas antes por cargar leña. La cerré tan fuerte dentro del puño que me dejó la marca en la palma.

Salí del tambor tambaleándome.

La cabina telefonica estaba frente alla oficina de correos, in unas calles del centro. Il vassoio mi pare eterno. Más de una volta caí de rodillas en la nieve. Más de una volta penso di voltare il tamburo e lasciarmi dormire. Ma seguí avanzando, arrastrando la pierna derecha y apretando el cartel contra el pecho como si fuera una estampita milagrosa.

Cuando llegué, la cabina estaba desierta y el vidrio roto dejaba entrar el viento. Tuve que apilar dos ladrillos para alcanzar la ranura. Mis dedos temblaban tanto que casi se me cae la moneda. Alla fine la metà. Escuché su golpe metálico caer dentro del aparato. Marqué el número con la una morada del índice.